20 oct 2012

Halloween is coming!!!!!!!!!!!

Como todos saben "Halloween is coming" y en especial a mi me encanta así que cada día publicare algo sobre este tema. No saben lo que se nos espera..............

¿Qué significa Halloween?

Halloween significa "All hallow's eve", palabra que proviene del inglés antiguo, y que significa "víspera de todos los santos", ya que se refiere a la noche del 31 de octubre, víspera de la Fiesta de Todos los Santos. Sin embargo, la antigua costumbre anglosajona le ha robado su estricto sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas. Halloween marca un retorno al antiguo paganismo, tendencia que se ha propagado también entre los pueblos hispanos.

¿Cuáles son sus origenes?

La celebración del Halloween se inició con los celtas, antiguos pobladores de Europa Oriental, Occidental y parte de Asia Menor. Entre ellos habitaban los druidas, sacerdotes paganos adoradores de los árboles, especialmente del roble. Ellos creían en la inmortalidad del alma, la cual decían se introducía en otro individuo al abandonar el cuerpo; pero el 31 de octubre volvía a su antiguo hogar a pedir comida a sus moradores, quienes estaban obligados a hacer provisión para ella.
El año céltico concluía en esta fecha que coincide con el otoño, cuya característica principal es la caída de las hojas. Para ellos significaba el fin de la muerte o iniciación de una nueva vida. Esta enseñanza se propagó a través de los años juntamente con la adoración a su dios el "señor de la muerte", o "Samagin", a quien en este mismo día invocaban para consultarle sobre el futuro, salud, prosperidad, muerte, entre otros.
Cuando los pueblos celtas se cristianizaron, no todos renunciaron a las costumbres paganas. Es decir, la conversión no fue completa. La coincidencia cronológica de la fiesta pagana con la fiesta cristiana de Todos los Santos y la de los difuntos, que es el día siguiente, hizo que se mezclara. En vez de recordar los buenos ejemplos de los santos y orar por los antepasados, se llenaban de miedo ante las antiguas supersticiones sobre la muerte y los difuntos.
Algunos inmigrantes irlandeses introdujeron Halloween en los Estados Unidos donde llegó a ser parte del folclor popular. Se le añadieron diversos elementos paganos tomados de los diferentes grupos de inmigrantes hasta llegar a incluir la creencia en brujas, fantasmas, duendes, drácula y monstruos de toda especie. Desde ahí, se ha propagado por todo el mundo.
El 31 de octubre por la noche, en los países de cultura anglosajona o de herencia celta, se celebra la víspera de la fiesta de Todos los Santos, con toda una escenografía que antes recordaba a los muertos, luego con la llegada del Cristianismo a las ánimas del Purgatorio, y que ahora se han convertido en una ensalada mental en la que no faltan creencias en brujas, fantasmas y cosas similares.
En cambio, en los países de cultura mediterránea, el recuerdo de los difuntos y la atención a la muerte se centra en el 2 de noviembre, el día siguiente a la celebración de la resurrección y la alegría del paraíso que espera a la comunidad cristiana, una familia de "santos" como la entendía San Pablo.
Diversas tradiciones se unen, se mezclan y se influyen mutuamente en este comienzo de noviembre en las culturas de los países occidentales. En Asia y Africa, el culto a los antepasados y a los muertos tiene fuertes raíces pero no está tan ligado a una fecha concreta como en nuestra cultura.

ESTA SERÁ NUESTRA CANCION PARA EL HALLOWEEN



17 jul 2012

Un cumpleaños, una historia

Ayer fue mi cumpleaños y la pase genial!!!!!!!!!, buscando historias encontre esta que hay que leerla y leerla para entender cual es la parte de terror. Muy buena historia.


La bailarina

No es que me guste dormir en el tren subterráneo, pero cuando viajo trayectos muy largos, casi siempre me pierdo profundamente. Sin embargo, desde que escuché una historia en voz de un anciano, no he podido volver a pegar los ojos. Según recuerdo, él solo comenzó a hablar y nunca supe si era conmigo o con alguien más, pero esto fue lo que dijo.
Las fiestas sorpresas siempre me gustaron, más aún cuando se trataba de mi propio cumpleaños. Claro que la palabra "sorpresa" no significa que siempre hayan sido agradables, pues todavía recuerdo la ocasión en la que mis amigos me regalaron un enorme pastel relleno con una hermosa bailarina.
Era una chica en verdad muy bella, como de tipo oriental, con los ojos rasgados y una nariz tan fina, que parecía de porcelana. Sus caderas apenas si se notaban, pero tenía una forma de bailar tan hipnotizante, que con sus movimientos lograba resaltar lo que a simple vista eran solo modestos atributos.
Sus brazos, el cuello y el talle, eran considerablemente delgados; sus piernas estaban bien torneadas, fiel reflejo de las horas dedicadas al baile. Las contorsiones y sus miradas hacían de aquel regalo algo inmejorable, ¿Qué más podría pedir un tipo en su fiesta de cumpleaños y despedida de soltero?
La noche avanzó serena, era como si las cosas pasaran en cámara lenta. Poco a poco mis amigos se retiraron, unos más ebrios que otros, pero yo seguía ahí sentado, con la mirada fija en aquella bailarina, en sus movimientos y en la mirada que ocasionalmente se cruzaba con la mía.

6 jul 2012

Abraham van Helsing


Abraham van Helsing

El profesor Abraham van Helsing es un personaje de ficción de la novela Drácula (1897) de Bram Stoker
Es un doctor neerlandés de edad avanzada y de variados intereses y logros, en parte confirmado por la serie 
de títulos que posee: doctor en medicina, doctor en filosofía, doctor en letras, etc. Está inspirado en Gerard
 van Swieten, médico holandés, que llegó a trabajar para la emperatriz María Teresa de Austria y realizó, por encargo
 de ésta, los primeros estudios sobre vampiros.
En la novela, van Helsing es llamado por su antiguo estudiante, el Dr. Seward, a ayudar con la misteriosa enfermedad
de Lucy Westenra. Es van Helsing el que se da cuenta de que Lucy es víctima de un vampiro y guía al Dr. Seward y
sus amigos en sus esfuerzos para salvar a Lucy.

Freddy Krueger


Freddy Krueger

Frederick Charles Krueger, o simplemente Fred o Freddy Krueger, es el personaje principal de la saga de películas de terror A Nightmare on Elm Street, título original en Estados Unidos (Pesadilla en Elm Street en España, Pesadilla en la calle del infierno en México y Venezuela, Pesadilla en Argentina y Pesadilla sin fin en Colombia).2 Fue creado por Wes Craven y ha sido interpretado por Robert Englund en todas las películas hasta el 2003, así como en una serie de televisión; y por Jackie Earle Haley en la película de 2010.
Se presentó por primera vez en la película A Nightmare on Elm Street (1984) deWes Craven. Freddy surge en las pesadillas de los niños y adolescentes de Elm Street para asesinarlos, ya que los actos cometidos tienen repercusión en la vida real. Su apariencia física es muy característica: un rostro desfigurado, un sombrero ajado, un jersey de rayas verdes y rojas, y un guante de cuchillas que él mismo ha elaborado. En las películas demuestra tener un grotesco sentido del humor. Su aparición suele ir acompañada de un cántico que emiten unas niñas mientras saltan la cuerda.

28 jun 2012

La niña de los fosforos

Hermoso y triste cortometraje realizado por Disney y Pixar, inspirándose en el cuento navideño de Hans Christian Andersen.

 

Que les guste "Alma"


Es un corto de Pixar con un final muy buenos. Muy bueno!!

Entre la verdad y la mentira

 Mucha tarea, pruebas fin del bimestre TPs, pero siempre atento, esta bueno Ojalá que les guste!!!!


Se cayó de la cama, todo había sido un sueño, una pesadilla o un deseo anhelado, ensuciado por el remordimiento de su conciencia.

Los segundos retumbaban en su cabeza, aún cuando sabía que el reloj se encontraba muy lejos de donde él estaba. El cielo se cubrió de nubes alertando la llegada de una gran tormenta, se estremeció, el momento habia llegado, la hora que tanto habia esperado por fin se abría paso ante él.

Caminó sigilosamente por la habitación esperando a que los otros finalmente se hallan ido. Estaba listo. De su media sacó una navaja y terminó de cortar el metal que lo detenía, tenía que actuar con rapidez, sabía con exactitud que a la media hora volvian los otros, y no tenia tiempo que perder. Previamente realizado lo necesario para que no denoten su ausencia, por lo menos durante unas horas, corrió la cama y se introdujo en el conducto. No tenía linterna y estaba muy oscuro, aún así siguió avanzando, muchas veces advirtió que algo le recorria los pies, las manos, u otras partes del cuerpo mas escondidas entre su escasa ropa, pero el miedo y el susto no hacían efecto ante él, soportaba cualquier cosa.

No sabía cuanto tiempo llevaba ahí dentro, pero podía asegurar que hacía mas de una hora que venía avanzando sin parar. Se detuvo para tomar la última gota de agua que quedaba en su cantimplora, la cual había robado de su compañero fallecido. A pesar de no sacear su sed, siguió adelante. Las gotas de sudor le recorrían el cuerpo como lo hace la lluvia cuando baja revoloteando por las montañas hasta llegar al suelo, donde se une a las demás y olvida su individualidad.

En su mente revivia todos los momentos pasados mientras continuaba por el conducto, ya no le importaba más nada, ni la insistencia de su madre, ni la infiel de su esposa... quería perder la memoria, olvidarse de todo, de todos, quería volver a nacer pero ser otro en cuerpo y alma, alguien diferente, que no tenga ni hasta la última huella de lo que el era antes, ¿podría lograrlo acaso?.

Se dio cuenta como el conducto empezaba a humedecerse, la tormenta había comenzado, sabía que esto le dificultaba los cosas, pero quiso seguir igual. La humedad se convirtió en gotas y tiempo después el agua comenzó a cubrirle las rodillas. Tenía que darse prisa, peroestaba exsausto. De todas maneras continuó con el mismo ritmo con el que venía avanzando.

De repente reparó que el camino comenzaba a esclarecerse, pensó que estaba cerca, se entusiasmó y se llenó de placer durante unos instantes. Salió a la luz, aunque está no era tan clara debido a la hora y a la presencia de una inmensa tormenta. Se alegro de haberse liberado delconducto justo antes de que el agua le cubriera las piernas. Se paro, sintio la lluvia que lo empapaba y el viento que hacia alvorotar los pelos que aun tenía secos. Se regozigó con tan solo pensar en lo que habia dejado atrás, volteó su cabeza y observó, empezó a reirse y tuvo ganas de gritar, pero se contuvo ante el inconveniente que podría causarle eso. Corrió libremente por el enorme espacio verde frente a sus ojos, quedando muy atrás la gigantesca mole que lo habia contenido esclavizado por más de trece años. De pronto sintió una extraña sensación, no sabía a donde ir, y por primera vez en su vida experimentó el miedo, parecía estar perdido en medio del espacio sin encontrar un lugar propio,algo que lo mantuviese estable, no queria dormir, no queria comer, no queria hablar, no sabia que le esperaba ni cuanto tardaría en llegar eso que tanto esperaba, o no. Pensó en aguardar a quealgo suceda, pero estó lo atemorizó más y volvió a correr. Se mantuvo así varios minutos hasta que finalmente tropezó con una piedra.

Sus ojos le daban vueltas, su respiracion se aceleraba; lo único que visualizaba era una luz... Una extraña luz blanca que poco a poco se fue convirtiendo en gris, hasta llegar a ver claramente el techo de la tortura, las paredes de su apresión...

15 jun 2012

Killer Page

This is very good, sorry great

Killer Page

In a village in Scotland were selling books with a blank page lost somewhere in the volume. If a reader leads that page at three in the afternoon, dies.

END

Minicuento Fantástico para empezar con Julio Cortazar

 Esta muy bueno, perdón genial

Página asesina

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.
FIN

10 jun 2012

Fablehaven-La Ascensión del Lucero de la Tarde

Brandon Mull - Fablehaven 2 - La Ascensión del Lucero de la Tarde



Es el final del año escolar y Kendra y su hermano Seth vuelven a pasar las vacaciones en Fablehaven. El abuelo Sorenson, el guarda de la reserva mágica, invitará a tres especialistas, —un maestro de pociones, a un coleccionista de reliquias mágicas y a un cazador de criaturas míticas— para que le ayuden a proteger la reserva de la Sociedad del Lucero de la Tarde, una organización ancestral que pretende infiltrarse en la reserva y hacerse con el artefacto poderoso que allí se oculta.
Si cae en sus manos, podría producirse la caída de todas las reservas mágicas y, posiblemente, el fin del mundo tal y como lo conocemos….
Un mundo de criaturas fantásticas, bondadosas y perversas abrirá sus puertas para siempre…

Perdonen por la tardanza muchas tareas y pruebas.

1 jun 2012

Jason Voorhees

Hola cómo les va? Disfrutando Terror And Fantastic, bueno porque aquí les dejo mi primera publicación de Jason Voorhees, espero que les guste ;)!

Jason Voorhees


Jason Voorhees es el protagonista multihomicida de la serie de películas de terror "Viernes 13".
La acción transcurre en el lago Crystal Lake, se refiere al campamento de verano "Lago Cristal" en el cual se desarrolla la histórica saga del film Viernes 13 . Es así que en este lago en el año 1957 muere ahogado un niño discapacitado llamado Jason Voorhees que era constantemente perseguido por los demás niños que se burlaban de sus discapacidades. Jason cae en las aguas del lago muriendo ahogado ya que no sabía nadar. Es en este punto donde comienza la historia de este asesino serial caracterizado por usar una máscara de hockey y su interminable machete; su principal rasgo es que se vuelve irascible con excesiva facilidad, tanto por su propio empeño en ello como por la cantidad de cosas que sus víctimas o enemigos intenten hacer para detenerlo; esto se nota en la frecuente respiración fuerte y entrecortada que suele acompañar a alguien enojado, en el modo en que se reivindica (lentamente, conteniéndose) tras ser atacado, en las a veces excesiva violencia o crueldad física que despliega en sus ataques u homicidios. Jason mide unos 2 metros de altura, pesa alrededor de 110 kg  con 33 años de edad, tiene una fuerza sobrehumana y una habilidad de regeneración que lo hace básicamente inmortal a cualquier ataque.


28 may 2012

Seguro que lo escucharon........Transilvania


Transilvania es lejos la provincia más romántica de Rumanía con sus imágenes de las cimas de las montañas nevadas,  alzándose hacia el cielo encima de los valles de los verdes bosques y ríos cristalinos, imágenes de bellas iglesias de madera con techos altos y memorias de una historia agitada.
Transilvania, esta magnífica ciudad medieval, se encuentra en el centro del país, está pintorescamente situada en la cercanía del monte Postavaru, rodeada por los Cárpatos que transcorren Rumanía. La capital de la región, Cluj-Napoca, está situada en meseta, mientras queBrasov y Sibiu, unas de las principales ciudades, están debajo de los Cárpatos.
Un lugar repleto de curiosos, legendarios y misteriosos castillos, rodeado por los montes Cárpatos, en un país tan hermoso como es Rumania, donde aparte de visitar estosemblemáticos castillos, podrás disfrutar de una maravillosa gastronomía. La ciudad es famosa gracias a la historia del conde drácula, escrita por Bram Stoker, en la que seguramente se inspiró gracias a sus bosques espesos, y su ambiente un tanto tenebroso.
Aunque este aspecto pueda dar sensación de inseguridad debemos afirmar que la amabilidad de su gente, hacen de este lugar un ideal para visitar. Aquí puede descubrir mucho más lugares interesantes: estaciones para el deporte invernal y de tratamiento, vías para las excursiones en las montañas y el Parque Nacional Retezat, las ciudadelas medioevales fascinantes, museos de arte y una hotelería de calidad.
En Transilvania, nuevas posibilidades de pasar sus vacaciones aparecen a cada paso. Aquí, el personaje principal es el pastor, siendo éste el que guarda las tradiciones populares ancestrales.
Podemos admirar sus monumentos arquitectónicos en estilo sajón antiguo, situados en la vecindad de la Iglesia Negra, monumento que data del siglo XIV, como también las ruinas de la fortaleza y el antiguo ayuntamiento, datando del siglo XVIII. De Brasov se pueden hacer excursiones al Castillo de Bran, la supuesta residencia de Vlad Dracul, el que dió origen alConde Drácula. Es una fortaleza en lo alto de una colina, entradas y pasajes secretos, una torre con reloj datando del siglo XIV.
A no olvidar de visitar el castillo de Peles, que fue construido para el rey Carol I en 1883 en un estilo arquitectural sofisticado, que se halla en la falda de la montaña, en Sinaia. Esta estación estuvo muy en moda gracias a la presencia del rey y una estancia aquí es agradable tanto en verano como en invierno gracias al impresionante paisaje de montaña.
Hoteles de Transilvania:
Cluj Napoca, Ana Hotel, Best Western Ambassador Hotel, Best Ambassador Topaz Hotel, Eden Hotel, Edelweis Hotel, Euro Hotel, Grand Hotel Perla Ciucasului, Hotel Allegria, Hotel Transilvania,


21 may 2012

Fablehaven

Kendra y Seth Sorensen van a pasar el verano con su abuelo, un hombre malhumorado que no parece querer saber mucho de sus nietos. Además de todo eso, no hay televisión, ni videojuegos, y el abuelo es extremadamente estricto en lo que se refiere a las normas. Pero sí que les dará algo: seis llaves, un diario con candado y un acertijo que ningún otro primo de Kendra y Seth ha resuelto jamás.

Un mundo de criaturas fantásticas, bondadosas y perversas abrirá sus puertas para siempre...  

Les quiero agradecer por los comentarios publicados en anteriores entradas

 

El primer libro de esta maravillosa saga presenta a Kendra Sorenson, Seth Sorenson, personajes imprecindibles en esta espectacular saga, y sus familiares más cercanos.

Stan y Ruth Sorenson viven en una reserva común para los ojos humanos, pero posee muchos secretos inimaginables, con animales comunes. Pero solamente los que toman la leche de Viola podran ver y reconocer todas las critaturas mágicas que viven allí.

Como habran visto hay palabras en color, son las palabras que describen este estupendo libro.

Proximamente el segundo........(no se cuando)

Por favor comenten lo más que pueden del blog y sus entradas. Y sobre cosas que quisieran que tenga el blog.

Please coment as much as you can the blog entries.

20 may 2012

Umbrales

Es muy bueno para leer, leer, leer y leer otras 3.000.000 de veces más aca les dejo la contratapa

Una línea divide el Norte y el Sur. Una línea poderosa e invisible trazada por los Poderosos. En el Sur, Luna aprende de su padre una magia secreta que la llevará hacia el bosque, hacia la hermana perdida y las señales del pasado. En el Norte, Pántor, el viejo Consejero envía a su Ayudante a explorar la sabiduría de la magia por él mismo prohibida. Estas dos historias, y muchas otras se entretejen en un viaje de resistencia que llevará a sus protagonistas a traspasar todos los límites.
Y más allá de los umbrales que atraviesen, descubrirán que el camino de la naturaleza es la única vía para unir lo que nunca debió quebrarse.

Y aca el trailer



18 may 2012

U.S.A

Thank you americans, you're the best. I'm looking for some good stories in english but I can't find any good. If you know one put the name as a comentary. Sorry, if I didn't put it earlier.


Llegamos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Llegamos a las 100 visitas por eso aqui les traigo algo espectacular


El gato negro

Edgar Allan Poe
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales. Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.
El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.
Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.
Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!


H.P. Lovecraft II


A nosotros nos gusta empezar con un cuento y terminar con la biografía y as lo hemos hecho con H.P. Lovecraft.


H. P. LOVECRAFT
(1890-1937)
Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island (Estados Unidos). Era hijo único del comerciante Winfield Scott Lovecrat y de Sarah Susan Phillips, una mujer llena de problemas psicológicos que traspasó a su sobreprotegido hijo.
Winfield comenzó a ver alucinaciones y le diagnosticaron paresis general, falleciendo en 1895 en el Butler Hospital de Providence. Después de su muerte, Susan se mudó con su retoño a casa de su padre, llamado Whipple Van Buren Phillips.
El pequeño Howard creció entre libros, enfermizo y solitario. Padecía terribles pesadillas, muchas de ellas le sirvieron de sostén para sus imaginativas historias de terror y misterio.

Mentalmente, a causa de la opresiva educación materna, era un ser frágil que volcaba todos sus traumas en las situaciones y personajes que ingeniaba tras leer los numerosos volúmenes de la biblioteca de su abuelo.
Disfrutaba con obras de Edgar Allan Poe, Ambroce Bierce o Lord Dunsany, y se regocijaba con el estudio de los mitos griegos, los ambientes góticos, las narraciones halladas en "Las Mil y Una Noches" o el mundo científico.
En el año 1906 logró trabajar en el periódico "Providence Tribune", en donde escribió sobre astronomía. Dos años después comenzó a redactar sus primeras narraciones fantásticas.
Lamentablemente se vio imposibilitado para poder terminar sus estudios debido a ataques nerviosos que provocaron su salida de la institución escolar. Este hecho enfatizó aún más su retraimiento e introversión, rehuyendo el contacto con la gente durante largas temporadas en las que se centraba en la escritura de poesía y relatos.
Su enclaustramiento terminó en 1913 después de que Lovecraft mandara una carta a "The Argosy" atacando la obra de Fred Jackson. La multitudinaria respuesta de los fans de Jackson provocó un debate acalorado que no pasó desapercibido para el presidente de la asociación de la prensa amateur, Edward Daas, quien invitó a Howard a unirse a su sociedad, proposición que Lovecraft aceptó encantado.
Cuando experimentó el reconocimiento literario gracias a sus historias publicadas en "Weird Tales", el carácter de Lovecraft cambió, convirtiéndose en una persona menos reservada, abandonando su postura de misántropo y mostrándose mucho más afable y comunicativo.
Cultivó una gran amistad con una serie de personas conocidas como "Círculo De Lovecraft", entre los que se encontraban Clark Ashton Smith, August Derleth, Donald Wandrei, Frank Belknap o Robert Bloch (el autor de "Psicosis"), con quienes mantuvo una copiosa comunicación por carta.
La obra más importante de H. P. Lovecraft, que fue reivindicada a partir de los años 40 gracias especialmente al trabajo de sus amigos Derleth y Wandrei, viene determinada por su magisterio en la novela corta de misterio, ciencia-ficción y terror, en especial por su serie de los Mitos de Cthulhu, que incluía relatos como "La Ciudad Sin Nombre" (1921), "El Ceremonial" (1923) o "La Llamada De Cthulhu" (1926).
"Dagón" (1917), "La Tumba" (1919), "Herbert West, Reanimador" (1922), "El Horror De Dunwich" (1928) o "En Las Montañas De La Locura" (1936) son otros de sus títulos más populares.
Es importante también citar "El Necronomicón", mito basado en un rumor inventado por Lovecraft sobre la existencia de un libro maldito realizado por un tal Abduyl Alhazred, que no era más que un seudónimo que el escritor americano utilizó tras quedar prendado de la lectura de "Las Mil y Una Noches".
En el año 1921 falleció su madre en el mismo sanatorio psiquiátrico en el cual había perdido la vida con anterioridad su padre, y en marzo de 1924 contrajo matrimonio con Sonia Haft Greene, una mujer siete años mayor que el escritor con la que se trasladó a Nueva York. Se separaron en 1926, regresando Lovecraft a Providence para vivir junto a sus tías Annie y Frankie.
Falleció el 15 de marzo de 1937 a los 47 años de edad a causa de un cáncer intestinal y nefritis crónica.

Y aqui empezamos con lo maravilloso.......

Les vamos a presentar una saga de 5 excelentes libros pero todo a su debido tiempo. LO primero que les adelanto es que es de un escritor poco conocido. Pero a su vez genial escritor.




HOY LES PRESENTO FABLEHAVEN

H.P. Lovecraft

Ya habíamos empezado contando algo de Edgar Allan Poe. Ahora seguiremos con Howard Phillip Lovecraft ojala que les guste aunque sea largo.




En la cripta
H.P. Lovecraft
Dedicado a C.W. Smith, que sugirió la idea central
Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la sicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.
Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se habría estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.
No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.
Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.
La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.
Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vio obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó por qué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.
Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otra forma de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo -que Birch apenas se molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma, el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaron a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.
Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando lo alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para el esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, trataba de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.
El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda, respondió a sus débiles arañazos en la puerta.
Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame" o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengativo granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices -antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de disección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
-¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateó al perrillo que quiso morderlo el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!
-¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no le reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.
-Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!