Directo desde Argentina, Silvina Ocampo, nos dejo esta "maravillosa" historia.
CUENTO: EL VERDUGO,SILVINA OCAMPO.
Como siempre, con la primavera llegó el día de los festivales. El
Emperador, después de comer y de beber, con la cara recamada de manchas rojas,
se dirigió a la plaza, hoy llamada de las Cáscaras, seguido por sus súbditos y
por un célebre técnico, que llevaba un cofre de madera, con incrustaciones de
oro.
-¿Qué lleva en esa caja? -preguntó
uno de los ministros al técnico.
-Los presos políticos; más bien
dichos los traidores.
-¿No han muerto todos? -interrogó
el ministro con inquietud.
-Todos, pero eso no impide que estén de algún modo en esta cajita
-susurró el técnico, mostrando entre los bigotes, que eran muy negros, largos
dientes blancos.
En la plaza de las Cáscaras, donde habitualmente celebraban las
fiestas patrias, los pañuelos de la gente volaban entre las palomas; éstas
llevaban grabadas en las plumas, o en un medallón que les colgaba del pescuezo,
la cara pintada del Emperador. En el centro de la plaza histórica, rodeado de
palmeras, había un suntuoso pedestal sin estatua. Las señoras de los ministros
y los hijos estaban sentados en los palcos oficiales. Desde los balcones las
niñas arrojaban flores.
Para celebrar mejor la fiesta, para alegrar al pueblo que había
vivido tantos años oprimido, el Emperador había ordenado que soltaran aquel día
los gritos de todos los traidores que habían sido torturados. Después de
saludar a los altos jefes, guiñando un ojo y masticando un escarbadientes, el
Emperador entró en la casa Amarilla, que tenía una ventana alta, como las
ventanas de las casas de los elefantes del Jardín Zoológico. Se asomó a muchos
balcones, con distintas vestiduras, antes de asomarse al verdadero balcón,
desde el que habitualmente lanzaba sus discursos. El Emperador, bajo una apariencia
severa, era juguetón. Aquel día hizo reír a todo el mundo. Algunas personas
lloraron de risa. El Emperador habló de las lenguas de los opositores:
"que no se cortaron -dijo- para que el pueblo oyera los gritos de los
torturados". Las señoras, que chupaban naranjas, las guardaron en sus
carteras, para oírlo mejor; algunos hombres orinaron
involuntariamente sobre los bancos donde había pavos, gallinas y dulces;
algunos niños, sin que las madres lo advirtieran, se treparon a las palmeras.
El Emperador bajó a la plaza. Subió al pedestal. El eminente Técnico se caló
las gafas y lo siguió: subió las seis o siete gradas que quedaban al pie del
pedestal, se sentó en una silla y se dispuso a abrir el cofre. En ese instante
el silencio creció, como suele crecer al pie de una cadena de montañas al
anochecer. Todas las personas, hasta los hombres muy altos, se pusieron en
puntas de pie, para oír lo que nadie había oído: los gritos de los traidores
que habían muerto mientras los torturaban. El Técnico levantó la tapa de la
caja y movió los diales, buscando mejor sonoridad: se oyó, como por encanto, el
primer grito. La voz modulaba sus quejas más graves alternativamente; luego
aparecieron otras voces más turbias pero infinitamente más poderosas, algunas
de mujeres, otras de niños. Los aplausos, los insultos y los silbidos ahogaban
por momentos los gritos. Pero a través de ese mar de voces inarticuladas,
apareció una voz distinta y sin embargo conocida. El Emperador, que había
sonreído hasta ese momento, se estremeció. El Técnico movió los diales con
recogimiento: como un pianista que toca en el piano un acorde importante,
agachó la cabeza. Toda la gente, simultáneamente, reconoció el grito del.
Emperador. ¡Cómo pudieron reconocerlo! Subía y bajaba, rechinaba, se hundía, para
volver a subir. El Emperador, asombrado, escuchó su propio grito: no era el
grito furioso o emocionado, enternecido o travieso, que solía dar en sus
arrebatos; era un grito agudo y áspero, que parecía provenir de una usina, de
una locomotora, o de un cerdo que estrangulan. De pronto algo, un instrumento
invisible, lo castigó. Después de cada golpe, su cuerpo se contraía, anunciando
con otro grito el próximo golpe que iba a recibir. El Técnico, ensimismado, no
pensó que tal vez suspendiendo la transmisión podría salvar al Emperador. Yo no
creo, como otras personas, que el Técnico fuera un enemigo acérrimo del
Emperador y que había tramado todo esto para ultimarlo.
El Emperador cayó muerto, con los brazos y las piernas colgando del
pedestal, sin el decoro que hubiera querido tener frente a sus hombres. Nadie
le perdonó que se dejase torturar por verdugos invisibles. La gente religiosa
dijo que esos verdugos invisibles eran uno solo, el remordimiento.
-¿Remordimiento
de qué? -preguntaron los adversarios.
-De no haberles cortado la lengua a esos reos -contestaron las personas
religiosas, tristemente.
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